Los mismos rostros, las mismas palabras expresadas de diferente manera. El mismo par de tennis y el mismo par de anteojos, rayados por el uso. El mismo camino de regreso a casa, e incluso las mismas canciones que me acompañan a lo largo del día, de las mismas 24 horas de siempre.
Como en un carrusel.
Un carrusel en el que llevas montado varios minutos, y comienzas a marearte. Sabes en qué momento es que el caballo circense de metal oxidado va a bajar, en qué momento va a subir. Sabes en qué tramo del circuito es donde está esa persona curiosa, observando los detalles de la atracción de feria con cierta fascinación. En dónde está ese padre primerizo que saluda a su pequeña de cabellos rizados (que por cierto está sentada detrás de tí), cada vez que el juego da una vuelta. Es imposible que el juego salga de su eje. Seguirá dando vueltas y vueltas hasta que el encargado decida que es suficiente y detenga los engranes.
En poco tiempo conoces el mecanismo de memoria y te aburres, pensando si es buena idea levantarte del caballo oxidado y buscar otro carro en qué montarte, quizá un elefante, o ese columpio que se balancea perezosamente. Esperas que algo cambie. Lo necesitas.
¿Significa que me quejo de la vida que llevo? No. O quizá sí pero prefiero negarlo, por miedo a parecer ingrata.
Lo único que quiero es un poco más de emoción. Una pequeña sorpresa por aquí, una noticia por allá. Algo que verdaderamente despierte mi interés y me mantenga alerta. Una emoción nueva, por pequeña que sea.
Que el carrusel se salga de su eje,
sólo por un momento.
Jinx.
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